Sobre mí

“Pequeñas islas de coherencia en un mar de caos tienen la capacidad de desplazar el sistema entero.”
—Ilya Prigogine

Al llegar aquí, quizá puedas tomarte un momento para notar simplemente cómo estás llegando: tu respiración, el peso de tu cuerpo al asentarse, cómo tu conciencia, poco a poco, aterriza en el presente. Te doy la bienvenida a este espacio.

Nací en Salamanca, en el centro de la Península Ibérica, a medio camino entre dos culturas y dos lenguas: mi padre es español, y mi madre, alemana. Mi infancia discurrió entre las llanuras doradas de Castilla y la lluvia otoñal de Colonia. Tal vez fue ese ir y venir entre paisajes lo que me enseñó, ya en mi niñez, que nuestra identidad no es una única línea, sino un entramado de múltiples hilos.

Fui un niño sensible, al que atraían los sonidos del mundo: la cadencia singular de cada idioma, el tacto de las voces, el rumor callado de las palabras escritas. Permití que escuchar se convirtiera en la brújula que orientaba mis pasos. Decidí hacerme músico, y los paisajes a mi alrededor volvieron a cambiar cuando me fui al extranjero a estudiar: de los campos secos y agrietados por el sol de mi infancia al aire húmedo y la luz suave de los Países Bajos, donde pasé ocho años antes de regresar a España. Esa transición, del polvo al barro, del calor inmóvil al peso silencioso de la humedad, transformó mi manera de oír el mundo. La madera, la respiración, la resonancia y el silencio empezaron a vibrar con otros colores. Comencé a tocar flautas históricas y música contemporánea, y a articular el murmullo de mi imaginación a través del cuidadoso artesanado de la composición. Aprendí a seguir el sonido de forma atenta, estando pendiente de sus cambios, sus texturas, sus invitaciones discretas. Mis oídos y mi curiosidad se convirtieron en mis fieles guías en el camino.

Mi trabajo siempre ha estado nutrido por mi relación con el mundo natural. Recolectar, cocinar y atender al ciclo pausado de las estaciones fueron actividades que me enseñaron muy temprano que crear es un acto de reciprocidad: recibir lo que la tierra ofrece y, cuidadosamente, devolver algo a cambio. En ese sentido, aprender a hacer pan fue una lección de vida. Harina, agua, sal, masa madre. Con tiempo y atención, estos elementos tan sencillos se transformaban en algo delicioso. Empecé a reconocer que ese mismo ritmo estaba presente cuando hacía música, y eso me llevó, con el tiempo, a maridar música y comida en mis actuaciones. Cuando uno crea una constelación en la que el gusto, el olor, el sonido, la memoria y la emoción se encuentran en un mismo instante, las personas que viven esa experiencia a menudo entran en un estado de presencia que es a la vez íntimo y compartido, como si todos sus sentidos se alinearan de pronto. Para mí, ese momento de cristalización es uno de los lugares más mágicos a los que puede transportarnos el arte.

Además de la música, comencé a entrelazar otro hilo en mi recorrido: la búsqueda de coherencia interna. Una época difícil al concluir mis estudios me llevó a redirigir mi atención hacia mi mundo interior. Encontré prácticas que me ayudaron a comprender mi experiencia desde el cuerpo: el trabajo somático, el mindfulness y, más adelante, Internal Family Systems (IFS). Pronto sentí el deseo de acompañar a otras personas con lo que yo mismo iba aprendiendo, y decidí formarme como coach IFS. Desde entonces acompaño a personas en sus propios procesos de transformación interna. Al mismo tiempo, me convertí en un estudiante del pensamiento sistémico, y comencé a comprender que la escucha profunda, la sanación colectiva y la transformación ecológica forman parte de un mismo arco. Lo que empezó como necesidad personal se convirtió en una nueva forma de ver: la creatividad, la presencia y el cuidado por el mundo natural no son ámbitos separados, sino distintos aspectos de un todo, profundamente conectados a un nivel fundamental.

Hoy en día trabajo como músico, profesor y coach. Estas tres prácticas no pelean entre sí, sino que se iluminan mutuamente. Las concibo como diferentes formas de artesanado, maneras de cultivar la claridad, la curiosidad, la paciencia, el juego y el aprendizaje. Mi deseo es sencillo: que cada uno de nosotros pueda convertirse en una pequeña isla de coherencia, y que la presencia que llevamos con nosotros (en un ensayo, en una clase, sobre el escenario o en la vida cotidiana) contribuya a desplazar el sistema hacia algo más conectado, más afinado y más vivo.

Si deseas seguir explorando mi trabajo, puedes continuar hacia: